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Los Pilares de La Salud 3/6: Las Relaciones Sociales

Aunque hoy en día nos parezca lejano y nuestras sociedades modernas se vean diferentes, durante millones de años solo era posible la supervivencia del ser humano si se hacía en grupo, ciertamente esto sigue siendo así, pero de una forma distinta.

Hasta la revolución agrícola, que como ya contamos fue el momento en el que el hombre dejó de ser nómada para establecerse en un lugar, vivíamos en tribus pequeñas y hacíamos muy pocas cosas en solitario; cazar, recolectar, luchar, cuidar bebés, cocinar, etc., eran actividades que se hacían en comunidad. Nadie dormía solo, ya que la compañía ofrecía protección y la soledad prolongada representaba una muerte casi segura.

En las tribus las figuras destacadas obviamente tendrían privilegios, como los mejores cazadores-recolectores y guerreros, pero no podían apropiarse de todos los recursos o el resto de la tribu no podría sobrevivir o se volverían en contra de ellos. Por la misma razón, nadie podía escabullirse de sus responsabilidades y vivir a costa del esfuerzo ajeno, sería muy evidente, y en esos momentos no había masas de personas entre las que escabullirse. Hay teorías que tratan de estimar cuántos miembros formarían las tribus, si había un límite o no, y aquí aparece el Número Dunbar.

Robin Dunbar es un antropólogo que calculó, mediante diferentes estudios del comportamiento tanto de los primates como de los humanos, la cantidad de personas que pueden relacionarse plenamente en un sistema determinado. La teoría es que aproximadamente nuestro cerebro podría relacionarse de esta forma con unas 150 personas, por lo que se cree que las tribus como mucho tendrían este número de componentes.

Dunbar teorizó que un grupo de este tamaño debía tener un incentivo muy alto para mantenerse junto, se necesitan razones de peso para conservar esa unión, que en ese periodo, seguramente, sería todo lo que correspondiera a la supervivencia de la especie. Entonces, para qué esta tribu pudiera experimentar una unión óptima Dunbar especuló que por lo menos un 42% del tiempo el grupo debía dedicarlo a la socialización.

Dunbar solo encontró que, en grupos bajo una intensa presión de supervivencia, como: poblados de subsistencia, tribus nómadas y grupos militares, se pudo aproximadamente alcanzar la cantidad de 150 miembros. Es más, encontró que en estos grupos los miembros están casi siempre cerca físicamente. Un grupo disperso tendría menos lazos, ya que sus individuos se cruzarían de forma menos frecuente. Por lo tanto, se teoriza que los grupos de 150 o más miembros solo aparecerían bajo una necesidad absoluta.

Dunbar también propuso que el lenguaje se debió generar como un instrumento para socializar de un modo más fácil, ya que sin el lenguaje los humanos habrían tenido que ocupar más tiempo en la socialización y los esfuerzos de cooperación productiva serían muy complicados o más costosos. El lenguaje puede haber proporcionado cohesión a las sociedades, reduciendo la necesidad de intimidad física y social.

Entonces tenemos que el resultado de esto, seguramente, eran unas sociedades igualitarias y colaborativas, con fuertes lazos sociales, que hoy en día se pueden seguir observando en las pocas comunidades que quedan sin la influencia del mundo moderno. Aunque cabe decir también, que hay sociedades modernas que todavía tienen estos lazos, o algo parecido, de ahí nace lo que se conoce como Efecto Roseto (se explica más abajo).

SOCIEDADES MODERNAS

Hay teorías que tratan de desvelar como hemos llegado a construir nuestras sociedades modernas, qué factores han hecho que las sociedades, podríamos decir, clásicas estén desapareciendo. Un factor que toma fuerza para explicarlo es la riqueza. En las sociedades modernas, la riqueza ofrece alternativas para conseguir los recursos que antes solo podíamos conseguir mediante la cooperación. Ahora podemos comprar comida y agua, podemos pagar un piso o una casa para que sea nuestro refugio, tenemos lavadoras, calefacción, colegios, guarderías, etc. En consecuencia, seguramente, muchas más personas viven solas hoy que hace sólo unas décadas, ya que cada vez somos más “autosuficientes e independientes”. Según el Instituto Nacional de Estadística en 2018 casi 5 millones de españoles vivían solos, de estos, 2 millones tenían o eran mayores de 65 años, y de estos, 1.4 millones eran mujeres.

Hoy en día con nuestros impuestos pagamos para tener protección garantizada gracias a los cuerpos de seguridad; la policía, el ejército, los bomberos, etc. También tenemos un sistema que se “ocupa” de las personas que no se valen por sí solas, que da ayudas, etc. Por suerte vivimos en un país donde no hay guerra y se puede caminar tranquilamente por la calle, y todo esto nos permite pasar por la vida sin tener que ayudar a nadie de forma obligatoria ni tener que integrarnos en ninguna comunidad si no lo deseamos. Hoy en día ya no es necesario conocer a nuestros vecinos, y la mayoría de nosotros seguramente ni sabríamos reconocerlos.

A medida que los grupos sociales crecen por desgracia estamos viendo que los lazos entre los individuos se debilitan. El deber de la protección, la justicia y el cuidado y apoyo a los más necesitados, que tradicionalmente se llevaba a cabo por el grupo, hoy en día se ha transferido al estado, y la confianza ha sido reemplaza por la ley. Nunca habíamos sido tantos y nunca antes nos habíamos sentido tan solos, y como consecuencia directa de esta situación habrá un impacto notable sobre nuestra salud.

SALUD Y RELACIONES SOCIALES

Evolutivamente la soledad y el rechazo social eran una amenaza enorme, y como cualquier amenaza a la que estemos expuestos generará un estrés. Si este estrés no se resuelve y se sostiene en el tiempo, se puede decir que se sufrirá de estrés crónico (quizás a muchas personas este termino les suene) que producirá un impacto tanto fisiológico como psicológico. La soledad es uno de los factores que explican las enormes tasas de depresión que crecen año tras año a medida que se desarrollan más y más las sociedades. Como teorizó Dunbar, es complicado mantener los lazos cuando hay tanta y tanta gente.

Hoy en día ya sabemos que la soledad y el rechazo social activan las mismas zonas cerebrales que el dolor físico mediante los estudios con una resonancia magnética funcional. Esto nos puede hacer pensar que no es una casualidad que usemos para describir los dolores emocionales palabras que usamos para describir los dolores físicos, como por ejemplo: me han roto el corazón o han herido mis sentimientos.

La soledad y el rechazo no solo están correlacionados con la depresión, sino que las repercusiones van mucho más allá, y ya se han relacionado con: más riesgo de cáncer y enfermedad cardiovascular, aumento de la presión arterial, impacto en la respuesta inflamatoria, mayor riesgo de dolor y fatiga crónica, pérdida más rápida de las capacidades cognitivas y físicas, mayor riesgo de enfermedades neurodegenerativas, depresión del sistema inmune, etc. No son pocos los estudios que ya han establecido una correlación entre menor mortalidad y personas con mayores vínculos sociales.

Ya se ha estudiado que cuando sufrimos daño en nuestras relaciones se genera una respuesta similar en el cerebro a cuando sufrimos daños en nuestros tejidos de forma física, por eso algunos profesionales no hacen distinción entre los daños emocionales y los físicos, al final somos todo uno. Son dolores distintos, en eso todos estamos de acuerdo, pero son dolores al fin y al cabo. De hecho, los dolores sociales generan recuerdos más intensos que los físicos, y probablemente por eso los recuerdos más dolorosos no son de cuando te rompiste un brazo, sino que supuso para ti rompértelo. Por ejemplo, sí de pequeño tuviste que estar un verano escayolado, quizás lo que recuerdes con más intensidad es que no pudiste ir a la playa/piscina con tus amigos, o montar en bici. Al igual que si jugabas en un equipo y te lesionaste, quizás lo que te venga a la memoria con más intensidad sean los partidos que no pudiste disputar con tu equipo. Seguramente los recuerdos que más duelen son aquellos que tienen que ver con la pérdida de un ser querido, ya sea una ruptura amorosa o la muerte de alguien cercano. La conclusión que podríamos extraer es que los tejidos se recuperan, si todo va bien, en unas semanas o unos meses, pero los batacazos emocionales pueden suponer una dura carga para toda la vida.

Hay estudios que confirman que ambos procesos, tanto el dolor emocional como el físico, comparten la misma neurobiología. Por ejemplo, se ha estudiado que personas sometidas a tratamientos quirúrgicos leves (extracción de una muela, por ejemplo) experimentan menos dolor físico si un ser querido está presente y le coge la mano durante la intervención.

Si lo pensamos bien, tiene mucho sentido que sea así desde el un punto de vista evolutivo. El dolor evolucionó como un mecanismo de protección para evitar comportamientos que nos pudieran ocasionar dañosEl dolor que produce la soledad empujaba a nuestros ancestros a buscar refugio en el grupo, aumentando sus probabilidades de supervivencia.

LOS GRUPOS HUMANOS Y SUS RELACIONES COMPLEJAS

Hay muchas teorías sobre cómo se han formado estos grupos tan complejos, una de ellas nos dice que para que los grupos sociales pudieran prosperar se debían entender los pensamientos, sentimientos e intenciones de los demás. Si lo pensamos bien tiene sentido, es decir, si un individuo solo mira por sus intereses y los demás hacen lo mismo será muy complicado que se creen conexiones de grupo. Esta capacidad de entender a los demás se ha denominado Teoría de la Mente.

Desde que nacemos nuestro cerebro empieza a practicar esto que se denomina Teoría de la Mente. Los bebés prestan más atención a las caras humanas que a cualquier otro estímulo visual y de forma muy temprana empiezan a interactuar con los cuidadores, o al menos intentarlo. Esto tiene mucho sentido, ya que es nuestra forma de empezar a socializar y conocer el grupo del que formaremos parte.

Interpretar el mundo interno del resto de miembros de la tribu era crucial, y nuestro cerebro le dedica buena parte de su infraestructura neuronal. De hecho, pensar en los demás y en nuestra relación con ellos es el estado por defecto del cerebro. Cuando “obligamos” a nuestro cerebro a estudiar, hacer la declaración de la renta, o cualquier otra actividad que implique dedicar atención plena, se activan zonas cerebrales ligadas con la memoria, el razonamiento, el aprendizaje y la planificación. Pero cuando dejamos de estar concentrados en algo se activa esta red neuronal por defecto, redirigiendo la atención hacia nosotros y nuestras relaciones con los demás. Es algo muy curioso.

La explicación lógica que puede tener dedicar tantos recursos a esta actividad es que debía ser vital para la supervivencia de la especie, y que, de no ser así, no se hubiera podrido prosperar. Algo muy parecido pasa con la teoría del Número Dunbar. No tendría ningún sentido que el cerebro, que es un órgano que consume aproximadamente el 20% de nuestra energía en reposo, hubiera dedicado su tiempo libre a tareas irrelevantes para la especie. Esto nos da una pista de la importancia que debía tener el interactuar con el grupo.

En los estudios más modernos gracias a las nuevas tecnologías, se ha podido llegar a estas conclusiones mirando en el interior de nuestros cerebros, pero podríamos haber concluido lo mismo, o algo parecido, haciendo estudios observacionales sobre el comportamiento.

Por ejemplo, estudiando nuestro comportamiento hoy en día con internet. Actualmente gracias a los avances tecnológicos tenemos acceso a todo el conocimiento del mundo que conocemos y parte del espacio, podemos encontrar todas las obras de los grandes maestros de la humanidad, pero la mayoría de nosotros nos pasamos nuestro tiempo en las redes sociales preocupados por los demás y sus vidas. En los ratos libres nuestro cerebro, o al menos el de la mayoría de nosotros, no se muere por ponerse a calcular problemas matemáticos o hacer la declaración de la renta, nuestro cerebro nos anima a abrir la aplicación de nuestras redes sociales y navegar por ahí. De hecho, es muy común que sin ser plenamente conscientes de repente abras la app de la red social que sea, o que de repente te encuentres pasando historias y dándole me gusta a las fotos que ves, es como si se activara el piloto automático. Que los destinos más populares de internet sean lugares dedicados a nuestra vida social no es casualidad, sino un reflejo de nuestro cerebro, y eso las grandes compañías lo saben.

Podríamos dedicar una serie de artículos y podcasts a las redes sociales y los aparatos tecnológicos, pero es interesante comentar que muchos de sus creadores y trabajadores no tienen ni dejan que sus hijos tengan redes sociales hasta cierta edad, y el uso de los aparatos tecnológicos es de forma muy limitada. Los famosos ayunos de dopamina que ahora empiezan a estar de moda.

LOS PRIMEROS AÑOS DE VIDA

Durante los primeros años de vida tenemos únicamente una representación en primera persona del mundo que nos rodea, y asumimos que es compartida por todos, es decir, si nos tapamos los ojos pensamos que nadie nos puede ver como las avestruces cuando entierran la cabeza. Nuestros genes esperan contacto físico desde el primer día. Ya hay numerosos estudios que han demostrado que cuanto más tiempo pasa el bebé en contacto con la piel de los progenitores, o de los cuidadores, su neurodesarrollo será mejor.

En sociedades cazadoras-recolectoras, la madre carga al bebe entre el 70 y el 90% del tiempo durante sus primeros meses de vida, como también podemos observar en el resto de los primates. Estamos acostumbrados a ver a los bebes primates que van enganchados todo el rato a sus mamas y ahí se sienten seguros y a salvo. En las sociedades modernas no llegamos a estas tasas de porteo, tenemos otros modos modernos de llevar/tener al bebé, como: los carritos, cunas, cucos, etc.  

Cada vez hay más estudios, y por eso parece que ahora se incentiva mucho, que el contacto físico piel a piel favorece cambios epigenéticos positivos que afectarán al comportamiento del futuro niño. Ahora podemos ver como ponen al bebe encima de la mamá nada más nacer, hay mujeres que actúan como incubadoras incluso, es muy interesante como influye todo esto en el recién nacido.

Otro invento moderno que es una “anomalía evolutiva” es dejar que los niños duerman solos en una habitación a oscuras. Para el cerebro de un bebé que apenas entiende o distingue más allá de peligro/alarma y estar a salvo/seguro, quedarse sin compañía en una habitación oscura es una señal clara de alarma peligro, y obviamente puede responder con estrés que se manifestará de diferentes formas. Ante la ausencia de contacto real, los niños desarrollan apego a peluches, o a cualquier objeto que les ofrezca una percepción de protección. Hay estudios bastante crueles en monos donde han observado como les afecta el separarlos de su madre, de como desarrollan apego a muñecos que se parecen a sus mamas.

Boris Cyrulnik desarrolló la Teoría del Apego y aportó el concepto de resiliencia a la psicología. La teoría nos dice que para que un niño, que será un futuro adulto, pueda ser resiliente deberá haber crecido en un entorno seguro. Primero, nos dice, hay que dar seguridad a la mamá o al cuidador principal, hay que proporcionar un apoyo que permita que la mamá o el cuidador principal se sienta seguro y transmita esta seguridad al bebe. Este apoyo o red familiar harán que el entorno sea un refugio seguro, que se sientan protegidos. Un entorno estructurado y fuerte nos da seguridad y permite que el bebé se desarrolle de una forma segura, por lo que percibirá el mundo como un lugar seguro y salir a el será una nueva aventura. Por ejemplo, ir al colegio para un niño que se haya desarrollado en un entorno seguro será un pequeño estrés, un miedo que por la tarde al volver a casa y contar lo que ha hecho a sus cuidadores le hará sentirse orgulloso de si mismo. Un bebé que se haya criado en un entorno vamos a llamarlo no seguro, donde mamá o el cuidador principal haya sufrido abusos, donde haya mucha precariedad, etc., podemos imaginar como percibirá el mundo. El mundo pasa a ser un lugar lleno de peligros y no apetece mucho ponerse a explorar. Hay estudios en ratas, que ya sabemos que no son humanos, pero hay estudios muy interesantes donde las ratas que se crían y crecen con sus hermanos y con su mamá en un entorno seguro y con comida se hacen grandes y fuertes. Mientras que aquellas que aíslan y dejan solas crecen poco y son delgadas y frágiles. En humanos la soledad en la infancia y adolescencia está ligada a mayor enfermedad física y psicológica en la edad adulta.

Con todos estos conocimientos modernos nos podemos imaginar el gran poder que ejercía la tribu, dónde cada uno de los componentes tenía una función y los niños se desarrollaban en un entorno seguro.  Tampoco se trata de idolatrar y venerar a las sociedades antiguas, todo esto no quiere decir que fueran mejores personas que nosotros, lo que significa es que simplemente no les quedaba otra que hacerlo de esta forma. Lo que sí deberíamos hacer con todos estos conocimientos es quedarnos con lo bueno y minimizar aquellas conductas que puedan ser potencialmente dañinas.

Algo que hay que tener en cuenta es que la inteligencia analítica y la emocional utilizan distinto cableado neuronal y por eso el desarrollo de una no es dependiente 100% de la otra. Es común encontrarnos grandes genios con grandes problemas a la hora de socializar y al revés.

LA PERSONALIDAD DEL SER HUMANO

El deseo de relacionarnos con los demás es un rasgo de personalidad, que en parte depende de tus genes y en parte del entorno, donde entraría: la crianza, las experiencias pasadas, etc. Esto determinará que dos personas opuestas tengan experiencias muy distintas en una misma exposición social como por ejemplo la cena de navidad de la empresa. Para alguien muy extrovertido será una experiencia súper divertida y reconfortante, por el contrario, para alguien introvertido será un momento incomodo y poco confortable.

Varios estudios encuentran diferencias específicas en los cerebros de personas muy extrovertidas respecto a las muy introvertidas. Las extrovertidas son, por ejemplo, más sensibles a los estímulos sociales, responden con más liberación de dopamina frente el contacto social, por tanto, sienten más placer al interactuar con los demás y más dolor cuando no la hacen. Las personas extrovertidas reportan en general más felicidad y suelen desarrollar menos enfermedad mental. Las personas introvertidas, por el contrario, suelen tener una corteza prefrontal más gruesa, asociada con mayor planificación y menor impulsividad. Suelen destacar además en el plano académico respecto a sus compañeros extrovertidos. La mayoría de nosotros nos encontramos bailando en medio de ambos opuestos, pero de todas formas no es mejor estar ni en un lado ni en el otro, al final la selección natural favoreció la supervivencia de todos los grupos con una representación mas o menos igualitaria.

En una sociedad dónde todos fueran muy introvertidos y precavidos nadie se atrevería a salir a cazar o a explorar nuevas tierras por miedo a que les pasara algo, y sin tomar ciertos riesgos es difícil avanzar y procurar la supervivencia de la tribu. De forma contraria, una sociedad dónde todos fueran muy extrovertidos, por lo tanto, muy aventureros y que asumieran muchos riesgos harían peligrar la supervivencia del grupo. En la diversidad reside la clave del éxito. También debemos tener en cuenta que la edad es un factor muy importante, quizás con 30-40 años no hacemos o no nos apetece hacer lo mismo que hacíamos con 16-20 años.

VEJEZ Y RELACIONES SOCIALES

Respecto a la vejez también ha habido cambios importantes en las sociedades modernas que como resultado estamos viendo que tiene un gran impacto sobre la salud de nuestros mayores. El llamado Efecto Roseto describe una menor mortalidad causada por una mayor cohesión social, por desgracia cada vez se va desvaneciendo más en nuestras sociedades modernas.

En las sociedades antiguas las personas mayores eran una fuente de sabiduría y se respetaba su autoridad, el valor social de las personas aumentaba con la edad. Las casas familiares eran microtribus dónde se repartían las tareas y se ayudaban unos a otros con la crianza de los pequeños, el trabajo, las labores del hogar, etc. La participación de los mayores en la crianza y en las actividades comunitarias mantiene activo el famoso propósito de vida, Viktor Frankl nos habla de el en su libro El hombre en busca del sentido. En algunas poblaciones como la de los campesinos de Okinawa no se concebía el retiro, ni siquiera tenían una palabra para ello, pero hacían mucho énfasis en el Ikigai.

El Ikigai seria algo como “qué te motiva a levantarte por las mañanas”. Quizás una persona que vive sola, que no tiene familia cerca o directamente no la tiene, y que está retiradx no le sobran las razones para levantarse por las mañanas. La ausencia de Ikigai ya se ha relacionado con el aumento de mortalidad.

La propia percepción de la vejez tiene un claro efecto en la salud también. Los mayores con una percepción positiva de la vejez viven de media 7.5 años más que aquellos con una percepción negativa. Por desgracia, las sociedades modernas incentivan esta visión negativa. Cuando dejas de trabajar te asignan la etiqueta de jubilado que es un recordatorio de que “ya no eres productivo/útil para la sociedad”.

Como muestran las estadísticas o podemos observar a nuestro alrededor, la mayoría de nuestros abuelos viven solos, con pocos o ningún familiar cerca, y esta soledad se mantiene hasta el último día. Tradicionalmente la gente vivía y moría en casa, rodeada de los suyos y cada vez más (con la situación del COVID-19 todo esto se ha intensificado) mueren solos en hospitales o residencias.

CONCLUSIONES

Desde la Clínica Ancestral os animamos a que busquéis, creéis y/o fortalezcáis vuestra tribu o vuestras tribus, ya que podemos tener diferentes redes de apoyo, y más hoy en día que estamos hiperconectados. Buscar como mantener el contacto es fundamental, ya que de esta forma evitamos que los lazos se pierdan. Uno de los arrepentimientos que suelen manifestar las personas que van a morir es el no haber pasado mas tiempo con sus seres queridos y/o haber perdido el contacto. También os invitamos ser conscientes de las personas que os rodean y del efecto que ejercen sobre vosotros, ya que los grupos sociales pueden moldear el comportamiento, por lo que, busca personas que respeten tus valores y tú forma de ser.

Aceptar desafíos también nos ayuda a tener un sentido, y si se buscan de forma común con una tribu se establecerán lazos más fuertes. Por ejemplo: preparar una carrera de forma conjunta con amigos, hacer quedadas para probar nuevas recetas de cocina, estudiar juntos algo que os interese, apuntaros juntos a una actividad que os divierta y os guste, escribir un libro sobre vuestras memorias de forma conjunta, montar una clínica con vuestros valores compartidos, etc.

Adoptar una mascota puede ayudar a sentirnos más queridos, también nos hace responsables de otro ser y eso implica tener que salir a pasearlo, alimentarlo, estar pendiente, etc. También hacer voluntariados o ayudar a otras personas/animales de la manera en que más te guste o te sientas cómodo, por ejemplo, en tu trabajo, nosotras somos terapeutas y hay algo de todo esto en ello. Hacer actos de amabilidad produce liberación de oxitocina y dopamina, por lo que ayudar a los demás implica ayudarte a ti mismo.

Y sobretodo ten tu espacio y tus momentos. En consulta vemos muchas personas que no se regalan ni un minuto de su tiempo, a veces ni durmiendo. Los lazos con la comunidad son muy importantes, pero, ¿cómo puedes construir lazos o relaciones fuertes si tu mismo no lo estas? Antes de dar hay que tener, antes de dar tiempo de calidad hay que buscar tiempo de calidad, antes de dar amor incondicional hay que sentir ese amor…

Y, por último, pero no por eso menos importante, encuentra tu Ikigai. Encontrar cual o cuales, ya que no puedes tener uno solo pueden ser varios, es clave para poder tener una vida plena y feliz.

Artículo escrito por Claudia Feito Poblet.

Audio del programa (Episodio 3)

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